¿Tiene derecho el Papa a visitar el Estado español?

OPINIÓN.

Cartel en protesta de la financiación pública de la Jornada Mundial de la Juventud

Cartel en protesta de la financiación pública de la Jornada Mundial de la Juventud

Ante la visita del Papa Benedicto XVI con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, se suceden las movilizaciones, declaraciones o iniciativas a favor y en contra. Las redes sociales hierven con enlaces de videos, noticias, opiniones. Y uno de los debates que más sorpresa me ha causado es la defensa del derecho del Papa a viajar a España, como si alguien lo negara, por parte de gente, digamos, progresista. El argumento principal es que hay que ser tolerante y dejar de protestar contra él (en lo que sería un anticlericalismo trasnochado y fuera de tiempo) para pasar a vivir sus visitas con total normalidad, sin protestas, ni estridencias: a quien no le guste lo que dice, que no mire, sin más, pero hay que convivir pacíficamente, sería el razonamiento. Detrás de esta opinión, falsamente liberal, se esconde el desconocimiento del poder real de la Iglesia, y una connivencia, insconsciente seguramente, con posturas ultraconservadoras y con los privilegios de la Iglesia.

Yo me declaro, ateo y apostata, y pese a ello afirmo que, por supuesto, el Papa tiene derecho a venir al Estado Español, no creo que nadie lo ponga en duda. No por ello, tienen menos derecho los laicistas, ateos, feministas, gays y lesbianas y quien se quiera sumar a manifestar su oposición al Papa y su doctrina, que también tienen derecho a la libertad de expresión. Cabe recordar que el problema que plantean los laicistas no es tanto la visita del Papa, sinó que cuente con apoyo y financiación (desmesurados) del Estado, ¿Tiene apoyo y financiación la marcha laica? Aunque esto no es más que un efecto colateral del gran problema: que en el Estado español aún no existe una separación efectiva entre el Estado y la Iglesia, un retraso respecte al resto de democracias.

Los estados modernos y democráticos se caracterizan por una total separación entre estado y religión, en oposición a los regímenes autoritarios del feudalismo: las monarquías absolutas basadas en el derecho divino. En democracia hay libertad religiosa, ya que la religión pasa a ser un asunto privado, y el estado ha de ser neutral entre las diferentes confesiones y no posicionarse ni favorecer a ninguna en concreto. Esto, que es tan básico, y que está presente en todas las democracias de nuestro alrededor, en España aún esta por resolver ya que nuestra democracia es joven aún y le antecede un régimen fascista que contó con el apoyo de la Iglesia y que se basaba, entre otras cosas, en la religión: de hecho, el franquismo se definía ideológicamente como nacionalcatolicismo. Nuestra democracia actual està incompleta en muchos ámbitos, entre ellos el laicismo: no existe una separación real entre el Estado y la Iglesia, ya que ésta aun conserva privilegios y una enorme capacidad de influencia política. En la transición de los años setenta del siglo pasado, la democracia se instauró pactando con el antiguo régimen y eso conllevó inumerables déficits.

Cartel de la Marcha Laica del 17 de agosto en Madrid

Cartel de la Marcha Laica del 17 de agosto en Madrid

Religión y política

La religión en sí, no és un problema para el laicismo. En este sentido, nuestro estado, y las democracias en general, garantizan el derecho a la libertad religiosa como parte, precisamente, del laicismo y la aconfesionalidad de los estados . El problema surge precisamente cuando la religión quiere atravesar ese ámbito privado y pasar, no ya al público, sino al político. Cuando los jerarcas cristianos quieren imponer una determinada moral o acción política en sus países democráticos acercándola a los estados teocráticos que, almenos por ahora, son un desagradable recuerdo del pasado feudal. A veces parece que jerarcas como el obispo Antonio María Rouco Varela o el Papa Benedicto XVI quisieran volver al nacionalcatolicismo del régimen franquista o a los regímenes teocráticos (que, de hecho, existen aún en países como Iran o Arabia Saudí).

En este sentido, los que protestan contra el Papa no protestan contra su visita en sí, sino contra el personaje o contra lo que representa la Iglesia ahora mismo. Se oponen al dirigente de una institución que no acaba de asumir la separación real entre Estado y religión, y pretende mantener sus privilegios. Y al mismo tiempo contra una organización social (casi una multinacional) que quiere mantenerse como actor político (de una tendencia clarísimamente ultraconservadora), ignorando que entre sus feligreses hay gente de todas las ideologías (izquierda, centro y derecha). Es público y notorio como los que se definen como cristianos difieren en muchas ocasiones con las opiniones oficiales de la Iglesia – y no sólo en temas de moral sexual- pero la jerarquía eclesiástica parece no tenerlo en cuenta.

Por tanto, la crítica del laicismo no es hacia la religiosidad o el cristianismo o los cristianos, sino a este afán político que tiene la Iglesia como institución que pretende imponer su moral (e implicitamente una opción de voto) a la sociedad. No en vano, el Papa, no es solo un lider espiritual, sino un jefe de estado de un país constituido como tal, lo que delata su voluntad de intervenir políticamente en todo aquello que pueda. Una situación que no ocurre entre las otras religiones monoteistas y mayoritarias del mundo, ya que ninguna más posee un estado para su estamento religioso. Es más, protestantes, musulames y judíos no tienen una estructura tan jerarquizada como la tiene el catolicismo, ni un líder único. Aunque las otras confesiones también puedan disponer de versiones ultraortodoxas, también poseen diferentes corrientes internas más progresistas. Las corrientes progresistas católicas, que también las hay, suelen estar relegadas ante su, incomprensible, obediencia a la voluntad vaticana.

Marcha Laica del 17 de agosto en Madrid

Marcha Laica del 17 de agosto en Madrid

Iglesia y libertad

La jerarquía eclesiastica no puede pretender no aceptar la democracia, ni las libertades, ni la separación Estado Iglesia, ni la igualdad, cuando lo hace la mayoria del 70% de cristianos españoles y cuando hay un estado democrático. Cabe recordar que la Iglesia es la única institución que se puede permitir discriminar a mujeres y gays, tanto en lo que se refiera a aceptarlos en su institución como en decir barbaridades sobre estos colectivos, sin repercusión penal. La Conferencia Episcopal ha dicho verdaderas burradas tales como que la igualdade la mujer la aparta de su papel de madre y fomenta la violencia de género, o que los gays son enfermos, sin ningún tipo de repercusión penal.

Privilegios de la Iglesia

La Iglesia  recibe una gran cantidad de dinero del Estado, bastante más elevada que las aportaciones hechas a partir del impuesto de la renta. En el ámbito educativo aún se enseña (se adoctrina en) la religión católica como una asignatura más, cuando la opción ideal sería la de una asignatura imparcial que informara sobre las diferentes religiones, el ateismo, el agnosticismo, o el laicismo. De hecho, las otras opciones religosas o la atea, se debe de conocer fuera de la escuela. Mientras, la religión católica tiene un espacio en la educación para hacer proselitismo. Pese a estos privilegios, y ser sostenidos económicamente por el Estado, la Iglesia se atreve a lanzar diatribas de signo político contra los gays, las mujeres,  el aborto, el divorcio, el reparto de la riqueza, el laicismo, la libertad religiosa, ataques a la ciencia, etc.

Marcha Laica del 17 de agosto en Madrid

Marcha Laica del 17 de agosto en Madrid

Tal vez, cuando el Papa visite nuestro país sólo como un guía espiritual y no como un político más (ultraconservador en este caso) o como un predicador de la vuelta a la teocracia, no despierte tanto rechazo. Además, a su derecho a visitarnos le corresponde el nuestro a protestar si nos parece adecuado. 

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